Comunicación al volante en Argentina: Cuando el tránsito habla, ¿Sabemos realmente escucharlo?

Salimos a la calle todos los días convencidos de que sabemos manejar. Confiamos en la experiencia, en la costumbre, en ese “ya sé cómo es”.

Por Sebastián Horacio Trovato

Basta con recorrer unos pocos kilómetros por una avenida o una ruta argentina para darse cuenta de que algo falla: autos que giran sin avisar, balizas encendidas como si fueran un comodín y líneas pintadas en el pavimento que muchos miran, pero pocos entienden.

El tránsito, en realidad, habla. El problema es que no siempre sabemos escuchar su idioma.


Conducir no empieza cuando movemos el volante. Empieza antes, cuando avisamos lo que vamos a hacer. Para eso está el giro. No para justificar una maniobra en el último segundo, sino para anticiparla. Cuando un conductor va a doblar en una intersección, ya sea a la izquierda o a la derecha, el guiño debería encenderse unos metros antes, dando tiempo a que el que viene detrás frene, el peatón observe y el que cruza entienda qué está pasando. Sin esa señal, la maniobra se vuelve una sorpresa. Y en el tránsito, las sorpresas casi nunca terminan bien.


Algo parecido ocurre con las balizas. Muchos las usan para circular bajo la lluvia o para detenerse donde no corresponde, como si encenderlas otorgara permiso. Pero las balizas no habilitan: advierten. Se usan cuando el vehículo va a detenerse o está detenido. Por ejemplo, al ingresar a un garaje, al frenar para entrar a una estación de servicio o al reducir la marcha de forma imprevista en un acceso. En esos momentos, las balizas cumplen su función real: decirle al otro “ojo, algo está pasando, voy a frenar”.


En la ruta, la conversación continúa, aunque de manera más silenciosa. El pavimento también habla, pero lo hace a través de sus líneas. Cuando la marca es blanca
discontinua (punteada), está indicando que el sobrepaso está permitido, siempre y cuando exista visibilidad y espacio suficiente para hacerlo de manera segura. En
cambio, cuando la línea se vuelve continua, ya sea blanca o amarilla, el mensaje es otro: no se debe adelantar, porque el riesgo es alto. La doble línea amarilla es aún más contundente y no deja lugar a interpretaciones: está prohibido adelantar en ambos sentidos de circulación. Y cuando ambas aparecen juntas, una continua y otra
discontinua, la regla es simple, pero muchos la desconocen: solo puede realizar el sobrepaso el vehículo que circula del lado de la línea discontinua, mientras que para el otro está terminantemente prohibido.


Estas marcas no están pintadas al azar. Están ahí para ordenar, advertir y, sobre todo, para evitar choques frontales, esos siniestros que rara vez ofrecen una segunda oportunidad.

Hay códigos menos conocidos, pero igual de importantes. En rutas de doble mano, cuando el vehículo que va delante enciende el guiño derecho, está indicando que el carril contrario está libre y que el sobrepaso puede hacerse con mayor seguridad. En cambio, el guiño izquierdo es una advertencia: viene alguien de frente, no es momento de adelantar. No obliga, pero informa. Y en el tránsito, informar es cuidar.


Incluso los colores tienen algo que decir. El blanco ordena, el amarillo advierte y separa sentidos opuestos, el rojo prohíbe y alerta sobre el peligro inmediato. No es casualidad.


Es un lenguaje pensado para ser entendido sin palabras, aunque para muchos pase desapercibido.
Tal vez el problema no sea la falta de normas, sino la falta de educación vial sostenida.


Manejamos vehículos cada vez más modernos, pero con hábitos que no evolucionan. Y así, el tránsito se vuelve un espacio de desconfianza, donde nadie sabe qué hará el otro.


La seguridad vial empieza por algo simple: comunicarse bien. Encender un guiño a tiempo, usar correctamente las balizas, respetar una línea pintada. Gestos mínimos que no hacen ruido, pero que pueden salvar vidas. Porque en la calle y en la ruta, entender y ser entendido es tan importante como frenar o acelerar.


“En el tránsito, comunicar lo que vamos a hacer es una manera concreta de cuidar la vida propia y la de los demás.”

 

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