Falleció José “El Nene” Sanfilippo, uno de los grandes goleadores del fútbol argentino

El histórico delantero tenía 91 años y era el máximo goleador de la historia de San Lorenzo, club donde jugó gran parte de su carrera. También disputó dos mundiales con la Selección Argentina. Una vez retirado, fue un filoso panelista e incluso incursionó en la política. Un personaje.

José Francisco Sanfilippo murió este jueves en Buenos Aires, a los 91 años. La noticia fue confirmada desde San Lorenzo, club del que a partir de hoy se transformó en leyenda. Para todos era “el Nene”. Sinónimo de gol, fue un delantero implacable: aún hoy sigue siendo el máximo artillero de la historia del Ciclón, el club con el que ganó varios títulos y donde desarrolló la mayor parte de su carrera. El polemista verborrágico en el que se convirtió décadas después de su retiro como futbolista no tapa al jugador brillante, al hombre que dentro del área resolvía en décimas de segundos, al artista que gastó las gargantas de Boedo hasta llegar a la impresionante cifra de 205 tantos con la camiseta azulgrana. 

 

 

“Yo me preparé y perfeccioné desde chiquito y es lo que me preocupa de los pibes actuales: se tienen que dar cuenta de que para ganar dinero hay que hacer un gran sacrificio en las inferiores, luego existe una lucha por trepar y después tenés 10 años en la Primera y ahí hay placeres, mujeres, viajes, trasnoches, bebidas, equis, equis, y si no la sabés aprovechar, perdiste, porque a los 34 años, te hacen como te hacían en Rusia: te ponen la cabeza, cae la guillotina y pum…“, dijo hace una década en una entrevista con la revista El Gráfico, con su particular estilo.

 

José Francisco Sanfilippo, con estampa de goleador: la camiseta de San Lorenzo, la cinta de capitán y la pelota

 

Fue Nene desde siempre. Desde que su papá, Horacio, le gritaba “dale, nene; corré, nene”, mientras el pequeño José competía en las inferiores de San Lorenzo. Y el apodo le quedó para siempre.

 

Boca-San Lorenzo, en la Bombonera, el 14 de julio de 1956: Sanfilippo en el aire, en busca de la pelota; a la izquierda, lo observa Antonio Rattín

 

Paradojas de la historia, se crio en Saraza y Bonorino, a pocas cuadras de donde San Lorenzo tiene hoy su estadio. El Sanfilippo chiquito jugaba donde encontraba lugar, en cualquiera de las canchas de los descampados donde el barrio de Flores baja hacia el sur. También jugaba para el equipo de la iglesia de la Medalla Milagrosa, cuyo cura le conseguía zapatillas y todo lo que necesitaba. Pero a los 13 años, le fue de frente: “Padre, no puedo jugar más, entré en San Lorenzo y me voy a dedicar con todo a eso. Necesito triunfar en el fútbol para ayudar a mi viejo”. Y se dedicó a San Lorenzo, el equipo de su vida, al que su papá lo llevaba a ver cada vez que podía.

Obsesivo y perfeccionista, era una máquina de entrenamiento para reducir el margen de error dentro del área. Hasta se había armado en el fondo de la casa una especie de jaulón para practicar definición. Decía que eso había sido fundamental para desairar a los arqueros. René Pontoni fue su mentor y consejero, además de compañero en el final de su carrera.

Para Sanfilippo, no había grises. Siempre dijo lo que sentía y pensaba. Como cuando lo confrontó a Toto Lorenzo, su entrenador en el Ciclón porque lo mandó a marcar a un rival. Sin embargo, para el Nene, Lorenzo fue el peor y el mejor técnico que tuvo. Lo dirigió en el 61 y en el final de su carrera, en el bicampeonato de 1972; también, en la selección argentina.

San Lorenzo fue su vida. Anotó 205 goles, una marca que difícilmente sea superada alguna vez. Fue el máximo goleador del fútbol argentino por cuatro años consecutivos, entre 1958 y 1961. Su mejor registro fue en 1960, con 34 goles en 40 partidos jugados.

En el Ciclón tuvo un primer paso que duró una década, entre 1953 y 1962. Posteriormente, su carrera lo llevó a un fugaz paso por Boca y luego a Nacional de Montevideo, Banfield y Bangú y Bahía, de Brasil. Como no podía ser de otra manera, se retiró en el club de Boedo, en 1972, a los 37 años.

Amaba el Viejo Gasómetro y su demolición, en agosto de 1981, le significó un gran dolor. A tal punto que se quedó con varios tablones con los que armó una pequeña tribuna que colocó en su quinta.

 

 

 

 

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